Ancajas apuesta y gana en grande -Era una apuesta arriesgada para el púgil filipino Jerwin Ancajas, que podía colocarlo a las puertas de un futuro mucho más promisorio –deportiva y monetariamente hablando– en caso de fructificar: enfrentarse al rival más exigente en su carrera profesional por la irrisoria suma de 3 750 dólares, en una pelea en la que se disputaba un título del mundo.

Una derrota en casa, a manos de un campeón con mucha más experiencia y aval, como el puertorriqueño McJoe Arroyo, invicto cuando aterrizó en la isla del Sudeste de Asia, se ajustaba perfectamente a los pronósticos de la mayoría de los expertos y aficionados (descontando, obviamente, los apasionados vaticinios de los partidarios del anfitrión).

Para el joven tagalo, perder suponía un desalentador desplome en su vertiginoso ascenso en una división supermosca en la que no faltan estrellas, sobre todo con la inminente llegada a la categoría del número uno del planeta en el escalafón libra por libra, el nicaragüense Román “Chocolatito” González, listo para imponer su ley en los dominios del Consejo Mundial (CMB) a expensas del mexicano Carlos “El Príncipe” Cuadras y luego, sobra decirlo… expandir su reinado.

Pero Ancajas decidió empeñar su suerte y sacar el mayor provecho de su condición de retador obligatorio de las 115 libras, avalado por la Federación Internacional (FIB), confiando en que contaba con los recursos necesarios para sorprender a Arroyo. Y la jugada le salió a la perfección: el cinturón se queda en Filipinas y el boricua se marcha a Puerto Rico con su primer revés a cuestas.

En un duelo de zurdos que prometía mucha acción, escenificado en el Gimnasio de la Marina de la ciudad de Taguig, la noche sabatina, el boxeador tagalo dominó por estrecho margen los tres primeros rounds. Jerwin se apoyó en la efectividad de su recto de derecha y de un gancho con la misma mano a las zonas blandas que fue minando de manera agónica el espíritu de guerrero del peleador antillano, víctima de un errático arranque del que nunca se repuso del todo.

El trío de asaltos iniciales, aunque no puso de manifiesto una abrumadora superioridad por parte del favorito local, sí le permitió establecer la diferencia con el mayor alcance de sus extremidades y llenarse de confianza. En la esquina opuesta, el representante borinqueño en los Juegos Olímpicos Beijing 2008 no encontraba respuestas defensivas para el arsenal de su contrincante, ni un plan ofensivo que le ayudase a robarle la iniciativa.

En la cuarta fracción, Arroyo pareció por un instante que se sacudía el óxido que le dejaron más de trece meses sin pisar un cuadrilátero en una trifulca oficial. Pero acto seguido, el desconcierto y hasta una cuota de apatía volvieron a hacer mella en el accionar del campeón defensor, quizás todavía bajo los efectos de la descompensación horaria.

En el sexto round, el oriundo de Ceiba y actual residente en Fajardo despertó abruptamente, pero por un izquierdazo al rostro en forma de recto que lo lanzó contra las cuerdas. Una andanada de golpes de Jerwin, que culminó con otro gancho al hígado, puso al boricua de rodillas, pero el tercer hombre en el ring, el estadounidense naturalizado filipino Gene Del Bianco, estimó que la caída había sido producto de un resbalón.

El castigo continuó hasta que la campana salvó a Arroyo de una debacle todavía más trágica. Paradójicamente, en el séptimo asalto el retador se mostró cauteloso y no buscó la estocada final. Su pasividad le dio un nuevo aire al caribeño, quien logró aterrizar sus puños con solidez en varias ocasiones, aunque su defensa seguía permitiendo demasiadas libertades y en las postrimerías le costó otro impacto demoledor al cuerpo.

La octava fracción fue concluyente. Una combinación de golpes que el filipino cerró con otro zurdazo al torso obligó finalmente al referí Del Bianco a recetar al boricua el conteo de protección mientras que este se levantaba de la lona. Los siguientes segundos serían de pura supervivencia para el monarca supermosca de la FIB. Y la angustia se extendería por otros tres minutos, pues la novena ronda le depararía otra buena dosis de lo mismo.

 

En la recta final, solo un nocaut habría impedido que la sentencia se inclinase en favor del aspirante al trono, pero el puñetazo salvador no se asomó para McJoe y cuando sonó el gong que decretó el fin de las hostilidades, su lenguaje corporal era el vivo retrato de la abdicación: su corona estaba a muy poco de cambiar de dueño en Metro Manila.

La votación fue unánime, y solo el juez puertorriqueño Carlos Colón, con una boleta de 115-112, vio cierta nivelación en un pleito dominado ampliamente por el asiático (el filipino Gil Co apreció una diferencia de 118-109 y el japonés Takeo Harada, de 117-110, ambos mucho más atentos a las incidencias de la pelea que su colega Colón).

Jerwin Ancajas se convierte en el cuarto pugilista tagalo en poder de una faja de envergadura en el presente. Su compatriota Johnriel Casimero reina por la misma entidad, pero en las 112 libras, entretanto, avalados por la Organización Mundial (OMB), Marlon Tapales y Nonito Donaire gobiernan en las 118 y 122, respectivamente.

El nuevo campeón supermosca podrá ahora aspirar a una bolsa mucho más jugosa en su primera defensa, aunque más le vale no dejarse llevar por el entusiasmo de su mánager y entrenador, Joven Jiménez, y aparcar la idea de cruzar guantes de forma inmediata con Chocolatito González.

“Queremos a Román González. Nuestro objetivo es Román González. Jerwin y yo siempre hablamos de Román González”, aseveró un emocionado –casi delirante– Jiménez al consumarse la coronación de su protegido.

Como muestra de confianza y coraje, el alarde es permitido, pero, siendo realistas, convencer al nicaragüense de que rivalice con el filipino (sea cual sea el desenlace del choque entre Román y Carlos Cuadras del venidero sábado, 10 de septiembre) no será otra apuesta temeraria con ansias de gloria, sino un suicidio entre dieciséis cuerdas en Managua, Manila o Marte.

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