Revancha o retiro: el gran dilema de Wladimir Klitschko – Un relevo generacional en la cúspide de la máxima categoría del pugilismo o la prolongación de una dinastía en su inevitable ocaso se barajaban como las dos opciones que podían etiquetar la noche del sábado en el mítico Wembley Stadium. Ocurrió lo primero, para deleite de los más de 90 000 hinchas británicos que se dieron cita para alentar a su nueva estrella.

Anthony Joshua (19-0, 19 KOs) justificó con creces cada centavo que gastaron por sus billetes con una noche que quedará grabada en la memoria de todos los que fueron testigos del combate tanto en la sede londinense como frente a las pantallas de sus televisores. Fue una pelea épica con todos los ingredientes: drama, suspense, derribos por parte de ambos y un desenlace espectacular.

El ídolo local tiene ahora al mundo a sus pies, una metáfora que bien podría graficarse con la imagen de un Wladimir Klitschko (64-5, 53 KOs) en la lona en el undécimo asalto, intentando incorporarse solo para volver a caer acto seguido víctima de los puños del inglés. Decir que el futuro del nuevo campeón unificado de las más de 200 libras se pinta brillante sería menospreciar la inteligencia de todo aquel que lo vio en acción el sábado con una afirmación en extremo obvia.

Cualquiera de los dos soberanos (Deontay Wilder y Joseph Parker) que coexisten con Joshua, quien retuvo el cinturón de la Federación Internacional (FIB) y agregó a sus vitrinas el de la Asociación Mundial (AMB), estaría dispuesto a tenderle una alfombra roja interoceánica con tal de compartir el ensogado con el medallista de oro olímpico de Londres 2012. El protegido del Eddie Hearn es sinónimo de espectáculo y éxito de taquilla, y estampar una firma junto a la suya en el contrato de un combate garantiza atención mediática y un salario millonario.

Pero gran parte de su creciente glamour se lo deberá ahora Anthony a su última conquista, Klitschko, toda una leyenda del pugilismo profesional que se encuentra, tras el descalabro sabatino, ante la encrucijada que muchos de sus pares se hallaron previamente: colgar los guantes cuando todavía cuenta con facultades físicas para plantarle batalla a la élite en las más de 200 libras, o aspirar a otro triunfo, para ser más exactos al desquite, en una decisión osada que podría encumbrar todavía más su legado, pero que igualmente conllevaría un riesgo serio para su salud de recibir un castigo brutal.

“Es muy pronto. De hecho me siento muy bien, aun considerando que perdí. Me tomaré mi tiempo. Tengo en el contrato una cláusula que me da derecho a pedir la revancha, a la cual puedo acogerme en un momento determinado, pero en este preciso instante no tomaré ninguna decisión. Si voy a continuar boxeando será en una revancha, obviamente”, dijo Wladimir sin apenas haberse secado el sudor y la sangre de la cruenta batalla en el Wembley.

Si bien es cierto que tocó cargar con la derrota (TKO-11) al hombre que apodan Dr. Martillo de Acero por haber establecido por más de una década su hegemonía entre los mastodontes del pugilismo, vale la pena apuntar que su demostración de coraje sirvió para acallar a los tantos críticos que a través de los años han cuestionado su falta de bravura para sobreponerse a situaciones adversas.

Esos que fustigan al menor de los Klitschko, el campeón olímpico de los juegos del centenario Atenas 1996, quien luego instauró junto a su hermano, Vitali, una tan vilipendiada dinastía, tendrán que pensarlo dos veces antes de referirse en términos peyorativos a un hombre de 41 años que regresó de un período de inactividad de más de 15 meses para meterse en una auténtica jaula de león con un imponente titán de 250 libras de puro músculo, 14 almanaques más joven y poseedor de un arma de destrucción masiva por pegada.

Acarició el éxito Wladimir, después de coquetear con el desastre en el quinto round, pero fiel a su proceder de siempre, se comportó calculador cuando olió la sangre en la sexta fracción y su oponente parecía necesitar un balón de oxígeno para no desplomarse de la fatiga. No se lanzó en pos de la estocada final, respetando tal vez demasiado la dinamita que carga Joshua en sus guantes y, quién sabe, puede que eternamente lamente su excesiva cautela en ese instante que demandaba una actitud más temeraria.

Paradójicamente, este revés se recordará como el enfrentamiento más entretenido en el que estuviera involucrado en muchísimo tiempo (¿desde el primer duelo con Samuel Peter en septiembre de 2005?), un espectáculo que contrastó, como pasar de la noche a la mañana, con el soporífero encuentro de abrazos, fintas y bostezos –todo menos golpes lanzados– que tuvo en Dortmund con el inglés Tyson Fury, en noviembre de 2015.

Si Wladimir decide que ha llegado el momento del retiro, puede poner junto a su cama el reloj de arena que cuente el tiempo exacto que lo separa del minuto en que será elegible para que su nombre sea inmortalizado en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo. Su leyenda, le guste o no a la horda de críticos, merece ser atesorada desde hace rato en el museo enclavado en la villa neoyorquina de Canastota.

Su vigesimonovena contienda por un título mundial, un récord para la categoría, no terminó con el final de ensueño que habría deseado, pero verlo despedirse así es mucho más reconfortante que quedarse con la imagen descafeinada que mostró en Dortmund. Es hora ya de poner punto final a la malintencionada campaña de descrédito en la que se le coloca siempre en una misma oración con Ross Puritty, Corrie Sanders o Lamon Brewster.

Wladimir ha caído frente al boxeador que simboliza para muchos el futuro de la división, pero fue este, su posible pleito del adiós, un choque competitivo y trepidante, no un show difícil de contemplar como las innecesarias golpizas que recibieron Joe Louis, a manos de Rocky Marciano, y Mohamed Ali, ante Larry Holmes, por la necedad de ambos veteranos, y la indolencia y avaricia de sus equipos de promoción.

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