El dudoso triunfo de Horn o el inevitable final de la Era Pacquiao -Dicen que la fe mueve montañas, aunque en el cuento dominical que nos ocupa, muchos (incluido un servidor) nos inclinamos a pensar que lo que realmente movió a los tres jueces actuantes a una total confusión a la hora de votar varios asaltos fue el constante bullicio de más de 50 000 aficionados y la infatigable presión que ejerció el púgil local sobre su contrincante.

Nadie en su sano juicio hubiera vaticinado un triunfo del australiano Jeff “La Avispa” Horn (17-0, 11 KOs) frente al casi mítico Manny “Pac-Man” Pacquiao (59-7-2, 38 KOs), ni tan siquiera que el peleador anfitrión, a quien solo parecía favorecer la juventud (29 años vs. 38 del filipino) y la ventaja de boxear en su ciudad natal, alcanzara a escuchar en pie la campana de cierre del duodécimo round.

Pero somos esos mismos que le otorgamos a Horn casi cero opciones de victoria, a los que no nos alarmó la falta de motivación del senador de Filipinas de cara a este combate, una desidia fácil de apreciar en las conferencias de prensa de la última semana, en las que a Pacquiao era casi necesario que los periodistas le implorasen atención para que apartase la mirada de su teléfono móvil.

Esa indiferencia o exceso de confianza se puso de manifiesto en la primera mitad del pleito. Era el australiano quien dictaba el ritmo de las acciones, quien buscaba a su contrario por todo el ring e intentaba aterrizar sus manos –también su cabeza– con mayor determinación en el rosto del tagalo. Manny, que nos tiene habituados a asumir el rol de agresor, simplemente sonreía, esperaba para contraatacar y parecía encontrarse en medio de una sesión de sparrings ordinaria.

Pero en juego estaba mucho más que su título wélter (147 libras) avalado por la Organización Mundial de Boxeo (OMB) o la posibilidad de alcanzar el sexagésimo triunfo en una carrera ilustre que lo ha llevado a convertirse en una figura que desborda con su fama las fronteras del deporte, una auténtica celebridad a nivel global.

También arriesgaba Pac-Man su reputación, no importa que su legado esté esculpido en acero desde hace más de un lustro y su nombre virtualmente inscrito en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo, en la neoyorquina villa de Canastota. Perder contra un novicio representa siempre un tremendo bochorno para una estrella de la talla del asiático, el único hombre de la historia capaz de ganar cinturones del mundo en 8 divisiones del pugilismo profesional.

Y aunque en su defensa podría decirse que la votación unánime (¿¡117-111!?, 115-113 y 115-113) fue polémica, que acarició el nocaut en la novena ronda y que pareció dominar con claridad la recta final de la trifulca, no se puede tapar el sol con un dedo. Pacquiao no es el mismo, y si todavía en el ocaso de su carrera puede ganar estas peleas es porque, incluso funcionando a medio gas, seguimos hablando del Mejor Boxeador de la Primera Década del Siglo XXI.

¿Mereció el favor del trío de encargados de impartir justicia? Sí, no me cabe la menor duda. Pero no fue un despojo escandaloso como tantos otros y, vale reiterarlo, el representante olímpico (ligerowélter) de Australia en la cita estival de Londres 2012 derrochó coraje para, primero, buscar a su contrario por todo el encerado sin complejos y, después, tornar lo que parecía un ineludible nocaut (en el noveno) en un último tercio de combate competitivo.

Bob Arum hará lo suyo emprendiéndola contra los jueces, quizás concertando también para su mejor cliente una revancha en la que consiga sepultar la imagen timorata que nos dejó en el Suncorp Stadium de Brisbane, y se tome la justicia por sus manos como ya hiciera antes vengando, por partida doble, la indigna derrota que le endosó el estadounidense Timothy Bradley.

Pero será ese otro intento desesperado e innecesario por seguir evadiendo lo inevitable; este Pac-Man no es ni la sombra del torbellino de golpes que masacró a Érik Morales, Óscar de La Hoya, Ricky Hatton, Miguel Cotto o Antonio Margarito, por solo citar un puñado de sus víctimas de mayor alcurnia.

Pacquiao no le debe absolutamente nada ni a uno solo de los cientos de miles de aficionados que lo han seguido por más de dos décadas y han celebrado su zurda prodigiosa y su estilo agresivo. Preferimos todos, entonces, agradecidos por el sudor y la sangre que se ha gastado en el ring, que cuelgue los guantes dejándonos con la memoria de sus momentos de gloria.

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