El bochornoso triunfo de Horn sobre Pacquiao -Vuelve a llover sobre mojado con el bochornoso ¿triunfo? del australiano Jeff Horn sobre el filipino Manny Pacquiao, el 1 de julio, en el atestado Suncorp Stadium, donde más de 50 mil almas respaldaron hasta el delirio la actuación del local, quien literalmente arrebató al tagalo la faja welter de la Organización Mundial (OMB).

Como en otras tantas ocasiones, la malsana ceguera de los tres jueces y la tolerante actuación del réferi trastrocaron la victoria de “PacMan” Pacquiao (59-7-2, 38 KOs) hacia el “El Avispón” Horn (17-0-0, 11 KOs), un aguerrido boxeador que no temió en ningún momento disputar de tú a tú la experiencia y trayectoria de su oponente, pero que en modo alguno ganó el combate.

Aunque frías en ocasiones, la estadísticas en esta oportunidad resultan más que convincentes de quién mereció la victoria, según las cifras mostradas por la empresa CompuBox, que analiza en forma extraoficial los impactos de los púgiles.

Observen estos números: Pacquiao llegó a la anatomía de su adversario con 182 golpes de 573 salidos de sus puños. De ellos, 59 de 193 en los jabs y 123 de 380 en los de poder. Horn quedó por debajo en los tres parámetros al conectar 92 de 625 en la suma total (90 menos), 19 de 197 en los jabs (40 menos) y 73 de 428 en los de fuerza (50 menos). Convincente de la superioridad exhibida en el encordado.

Resulta inconcebible entonces la votación otorgada por la terna de oficiales que evaluó el pleito. La neoyorquina Woleska Roldán parece que observó otro pleito al entregar boleta de 117-111 favorable a Horn, en tanto el también estadounidense de Arizona Chris Flores y el argentino Ramón Cerdán igualmente deben haber sentido la permanente presión del público al inclinarse 115-113 por el boxeador anfitrión.

Es innegable que Pacquiao a sus 38 años se convirtió en una sombra chinesca de aquel impetuoso peleador, por demás con pegada de acero, que en su transitar por los escenarios internacionales ostentó ocho coronas universales. Pero resulta penoso que nuevamente y para complacer a una entusiasta afición sea despojado de una victoria que mereció sobre el cuadrilátero.

Parte de responsabilidad tuvo el árbitro Mark Nelson, quien desestimó una caída de Horn en el octavo asalto, al considerar que el australiano aterrizó en la lona producto de un traspié del asiático y no de los repetidos golpes con la izquierda.

Se contradijo momentos después de finalizar el round, al decirle a Horn que detendría la pelea si no demostraba estar en condiciones de seguir. Pero solo fue parte del guión escrito previo al duelo.

Y en el libreto previo, con escenografía montada en el Suncorp Stadium, Horn era el héroe que tenía que salir con el brazo en alto, al margen de los múltiples cabezazos, caída y lo que aportaran las estadísticas, consecuencia de los impactos del visitante.

Con su acostumbrado respeto hacia la decisión de los oficiales, Pacquiao aceptó el revés y sólo pidió la revancha. Tal como hizo cuando también fue despojado (fallo dividido) de la corona y de su indiscutible victoria ante el norteamericano Timothy “La Tormenta del Desierto” Bradley, en junio de 2012, en Las Vegas.

Casi dos años después, Pacquiao se impuso unánime a Bradley, nuevamente en Las Vegas, donde recuperó el cetro que los jueces le habían escamoteado. Y si quedaba alguna duda, el astro filipino repitió la dosis al norteño (también unánime), el 9 de abril del pasado año, cuando se agenció el cinturón vacante Internacional de la OMB.

Para los libros de récords, Horn mantiene su condición de invicto y Pacquiao otro fracaso en las filas rentadas. Sin embargo, los que observaron el combate, carentes de compromiso emocional con el australiano, están convencidos que el tagalo mereció retener el título mundial.

Y para los jueces, otra monumental mancha en su expediente. Al menos es nuestro criterio.

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