Óscar de La Hoya y su paciente apuesta por Canelo Álvarez -Cuando suene la campana en la T-Mobile Arena, en Las Vegas, el próximo sábado, habrán transcurrido unos 22 meses entre aquel momento en que la idea de ver enfrentarse a Saúl “Canelo” Álvarez (49-1-1, 34 KOs) y Gennady “Triple G” Golovkin (37-0, 33 KOs) comenzó a cobrar vida y el instante en el que, finalmente, uno de los dos emprenderá a fuerza de golpes el camino hacia la coronación como soberano indiscutido de las 160 libras.

El 21 de noviembre de 2015, en esa misma ciudad bohemia en la que las apuestas girarán en torno a un combate de boxeo este fin de semana, Canelo Álvarez venció por votación unánime al ídolo puertorriqueño Miguel Cotto y se apropió del cinturón de los medianos, avalado por el Consejo Mundial (CMB), que defendía el boricua. Acto seguido, no había que ser adivino para predecir lo que se avecinaría si en el pugilismo imperara el raciocinio del aficionado.

Tras plantar la bandera mexicana en los dominios de Golovkin, entonces soberano por espacio ya de un lustro de esta categoría de peso, legitimado por la Asociación Mundial (AMB), y, desde un mes antes (octubre de 2015), también con el visto bueno de la Federación Internacional (FIB); una vez llegado a un terreno delimitado por el kazajo como casi de su exclusiva autoridad, el paso inmediato a tomar para el azteca era plantearle el reto. Diríamos que así dictaba nuestra lógica.

Demasiado astuto Óscar de La Hoya para asumir a estas alturas del juego que un promotor de boxeo debe seguir la lógica del hincha entusiasta, demasiado versado en estos vericuetos para dejarse llevar por el clamor de los medios de comunicación; demasiado curtido el otrora actor principal de combates millonarios en el arte de proceder con suma cautela en un deporte en el que la celeridad conduce a menudo a desastres irreparables. ¿Para qué apurar a Canelo?

Ya el haberlo enfrentado a un superdotado Floyd “Money” Mayweather, en septiembre de 2013, había probado cuán bisoño era aún el pelirrojo tapatío. Aunque aquel fue un riesgo más que justificado en billetes verdes y que, a fin de cuentas, se sabía que las afectaciones que supondría para la reputación del oriundo de Guadalajara serían de importancia marginal. Nadie en su sano juicio otorgaba a un muchachito de 23 años opciones de victoria frente al entonces púgil número 1 del ranking libra por libra.

Dos calendarios después de aquella, su primera y única derrota en el pugilismo como profesional, Álvarez seguía mostrando progresos, pero, no nos engañemos, porque Óscar no cuenta en público, como es lógico, todo lo que ve, le faltaba para alcanzar la madurez como boxeador. Su compatriota Alfredo Ángulo (marzo, 2014) y el estadounidense James Kirkland (mayo, 2015) trajeron al ring dos propuestas similares: estilos ofensivos, demasiado frontales, y unos mentones de dudosa resistencia que ya habían colapsado ante pegadas de menos jerarquía.

Entre ambos nocauts, el hijo ilustre de Jalisco escapó con un fallo dividido que todavía muchos en el gremio aseguran con vehemencia que le fue robado al cubano Erislandy Lara (julio, 2014). Escaló más tarde la esquina opuesta un Cotto que no es un peso mediano por su complexión y que, consecuentemente, regaló todas las ventajas físicas imaginables para hacer posible una pelea que no alcanzó el ritmo trepidante de otros clásicos Puerto Rico vs. México, pero fue entretenida y justa al anotarse la hechura de ambos en las boletas.

Todavía le faltaba a Canelo probarse contra otros púgiles y otras variantes estratégicas, agigantar su confianza y su hinchada, corregir en la preparación las deficiencias defensivas que Mayweather, Lara y el propio Cotto pusieron al descubierto y, de paso, impacientar al público que exigía desesperado el choque con Golovkin. Hubiera sido una verdadera locura permitir que la actitud de macho mexicano lo cegara y se batiera con el kazajo dos calendarios atrás.

No era la prioridad número uno ver si con el paso del tiempo Gennady tropezaba o perdía facultades tanto como esperar a que Saúl calibrara motores, para que así arribara a la firma del contrato con oportunidades reales de triunfo. No importa si en el proceso tenía que tragarse el orgullo, dejar vacante el cinturón verde y dorado del CMB para que fuera automáticamente entregado al de Kazajistán y ser etiquetado de la peor ofensa a oídos de un peleador, cobarde.

Después de abusar de los ingleses Amir Khan (mayo, 2016) y Liam Smith (septiembre, 2016), un par de superwélters que se le quedaron muy chicos al tapatío; y vapulear a su compatriota Julio César Chávez Jr., quien hizo menos en la trifulca de mayo que lo que hubiese hecho un compañero de sparring con un mínimo de dignidad para justificar su paga, la escena estaba lista, y De La Hoya también.

El resto de la historia se completa con unos pocos apuntes: 12 millones de dólares tiene garantizados el de Latinoamérica y 10, el coloso de Asia Central; la cadena de televisión HBO llevará las incidencias del pleito en vivo a cientos de miles de hogares por su sistema de pago por evento (pay-per-view); y una campaña de promoción en la que no faltó el acostumbrado glamour, ni la presencia de estrellas del pasado como Bernard Hopkins, Roberto Durán, Thomas Hearns y el propio De La Hoya ha servido de preámbulo al show.

Entre algodones lo mantuvo su promotor a sabiendas de que llegaría este día, la hora en que Canelo tendría que demostrar a solas en el cuadrilátero contra un noqueador nato si cuenta con ese extra que separa a los elegidos de los buenos boxeadores, la resistencia al dolor para soportar el castigo al que lo someterá el kazajo y la potencia en su pegada para erigirse en el único ser humano capaz de haberlo subyugado en 38 combates.

De La Hoya ha decidido quemar las naves porque, aunque se haya cansado de vender esta película como un auténtico suspense, un duelo ultracompetitivo con opciones 50-50 para los encartados, en el fondo, confía -sin decírnoslo abiertamente- en que esta apuesta pagará jugosos dividendos y su protegido se convertirá en la diva de las marquesinas boxísticas.

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