Si los jueces condicionan la celebración de las revanchas, pierde el boxeo -Tal parece que el boxeo profesional se niega a ser rescatado, a volver a planos estelares en el menú deportivo de los aficionados en un calendario por demás inusual, con unos cuantos duelos protagonizados entre los mejores de varias divisiones (Joshua vs. Klitschko, Ward vs. Kovalev, González vs. Rungvisai, etc.). Para los fervientes seguidores del pugilismo que lo dudan, baste revisar lo ocurrido el fin de semana en Las Vegas.

Una pelea entre dos púgiles que integran la élite no solo de su categoría de peso, sino del ranking libra por libra, el kazajo Gennady “Triple G” Golovkin y el mexicano Saúl “Canelo” Álvarez, dos colosos del cuadrilátero que justificaron con creces el precio de las entradas y de la señal televisiva (pay-per-view), concluyó con el amargo desenlace de incontables ocasiones previas: una abominable votación (empate dividido) que, como no podía ser de otra manera, recibió una merecida ronda de abucheos y rechiflas.

Después de recoger la carpa del circo que supuso el Mayweather vs. McGregor de hace tres semanas, la T-Mobile Arena acogía una justa boxística real, uno de los emparejamientos más esperados del almanaque y diría que el mejor que puede concretarse en el momento; un combate que había venido cocinándose desde hace casi dos calendarios y que debía determinar de forma concluyente a quién corresponde la supremacía en las 160 libras.

Las apuestas favorecían inicialmente por amplio margen al hércules de Asia Central, avalado como rey de los medianos por la Asociación y el Consejo Mundiales (AMB y CMB), así como por la Federación Internacional (FIB) y la menos prestigiosa Organización Internacional (OIB). Además de su botín de cinturones, Triple G arriesgaba en el ring de la Ciudad del Pecado su récord invicto en 37 trifulcas, en un enfrentamiento que representaba su decimonovena defensa de la condición de campeón del mundo, a solo una de igualar la marca tope de la categoría implantada por el legendario Bernard Hopkins.

En la esquina opuesta estaba un Canelo (campeón mediano de la revista The Ring) que es considerado el boxeador con el mayor imán taquillero en el presente y a quien los apostadores comenzaron a dar más opciones de éxito según se aproximaba este auténtico choque de trenes imbuidos por la promoción que precedió al show, en la que se puso especial –y muy premeditado– énfasis en la nivelación de fuerzas entre ambos contendientes y las excelentes condiciones físicas del de Jalisco para reinar en los medianos.

Las casas de apuestas tendrán que agradecer (si no lo hicieron antes) sus cuantiosas ganancias al par de jueces cegatos que perjudicó a Golovkin y favoreció al pelirrojo tapatío. Nadie ganó el sábado más que los generadores de este juego organizado que no depende tanto del azar y sí –muchísimo– de la supuesta profesionalidad de tres conocedores a fondo del deporte de los puños, expertos en valorar los elementos objetivos y subjetivos que califican la faena de un peleador en el ring.

La boleta de 115-113 con ventaja del kazajo fue la que más se ajustó a lo acontecido en el ensogado a lo largo de 12 asaltos, una evaluación hasta plausible para los tiempos que corren; el 114-114 que apreció un segundo árbitro no nos quita el sueño, aunque refleja una paridad inexistente; el 118-110 que anotó la jueza Adalaide Byrd beneficiando escandalosamente a Canelo fue absurdo en grado sumo, una de las puntuaciones más ominosas de la historia del pugilismo.

¿Qué conclusión deja este enésimo error humano de apreciación? Golovkin conserva sus títulos y sólo deberá resignarse a cargar con su primer empate, un mal benigno si se repasa la larga lista de campeones que, en su lugar, hubieron de perderlo todo antes de buscar el desquite.

Canelo, por su parte, después de una demostración que sorprendió a muchos de sus detractores, tendrá ahora tiempo para desentrañar lo inescrutable del resultado con su equipo y buscar argumentos que lo validen como el triunfador.

Pero lo más importante, ambos con casi absoluta certeza se volverán a ver las caras en su más inmediato compromiso, pues ya mostraron interés en la revancha, y, algo que al aficionado en ninguna medida favorece, conseguirán igualar o superar sus respectivos salarios sabatinos, los más jugosos de sus carreras. Sin Mayweather haciendo sombra, la venta del próximo pay-per-view por la hegemonía en las 160 libras será significativamente superior.

La relación de beneficiarios económicos de esta segunda parte de la película en perspectiva comienza por el kazajo y el mexicano, y culmina nuevamente con las casas de apuestas, pasando por los bolsillos de los promotores, entrenadores, managers, patrocinadores, organizaciones boxísticas, cadenas de televisión (con HBO a la cabeza), propietarios de casinos en Las Vegas, Comisión Atlética del Estado de Nevada…

En fin, las cuentas bancarias de todos los encartados ganan con un Golovkin vs. Canelo II, pero el boxeo, entre acusaciones de corrupción y amaño de peleas o, desde un punto de vista eufemístico, por la monumental ineptitud de los encargados de impartir justicia, sigue perdiendo.

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