Rigondeaux: Un minuto impiadoso – Columna de Springs Toledo -A las 11:30 hs del sábado por la noche, mientras Guillermo Rigondeaux se rendía en su rincón al final del sexto round de su pelea ante Vasyl Lomachenko, el presidente de la Asociación de Periodistas de Boxeo de los Estados Unidos, Joe Santoliquito escribía en Facebook, “Rigondeaux se lastimó la muñeca izquierda”. Dave Wilcox replicó de inmediato: “Yo creo que se lastimó su ego izquierdo”.

Rigondeaux salteó la conferencia de prensa posterior al combate y se fue a un hospital cerca del Madison Square Garden para hacerse un examen. En el camino se hizo algunas preguntas más profundas también.

Rigondeaux es uno de solamente tres campeones legítimos que tiene el boxeo. El campeón de peso semipesado Adonis Stevenson ya ha cambiado su capa de Superman por una capa de plumas, luego de pasarse cuatro años contentándose con alimento para gallinas mientras evitaba a los verdaderos lobos como Andre Ward, Sergey Kovalev, y cualquier otro boxeador que tuviese una remota chance de ganarle. Terence Crawford se alzó con su primera corona en 2014 luego de derrotar al retador No. 2 en el Transnational Lightweight Rankings, abdicar en 2015, y luego ganar el campeonato de peso welter junior en 2016 tras derrotar al retador número uno cuando él estaba clasificado en segundo lugar. Está encaminado ahora al peso welter para expandir una reputación que es lo opuesto a la reputación de Stevenson.

Rigondeaux no es ni un cobarde ni un conquistador. Su reinado en el peso pluma junior comenzó muy promisoriamente después de haber superado claramente a Nonito Donaire, pero al poco tiempo se estancó. Desde entonces, ha defendido su corona seis veces. Cinco de esos retadores no estaban clasificados en el peso pluma junior y cuatro de ellos no estaban clasificados del todo y nunca lo habían estado.

Uno de sus problemas es la gente que lo rodea. Caribe Promotions, un grupo con base en Miami, ha probado ser un factor retardante en el progreso de Rigondeaux y una gente muy difícil de tratar, si es que la partida de sus co-promotores Top Rank y su manejador Gary Hyde y un juicio iniciado a Roc Nation son indicativos de algo. La cuenta de Caribe ha estado inactiva durante dos años, y su página de Facebook tiene apenas cinco “Me gusta”. Si hacen una búsqueda en Google con su nombre verán una advertencia de que la página podría haber sido hackeada.

Otro problema es la horrible capacidad de mercadeo del campeón. El estilo mezquino y evasivo de Rigondeaux lo transforma en el anti-Gatti, y ese no es el modo de armarse de una buena base de seguidores en un deporte de combate. Sus potenciales oponentes ven riesgos serios y pocas ganancias, y se han dedicado diligentemente a evitarlo. Es difícil culparlos por eso. Tan pronto como le levantaron la mano a Carl Frampton tras su victoria ante Leo Santa Cruz, Rigondeaux le envió un mensaje por Twitter para invitarlo a pelear: “Estoy disponible para viajar a tu ciudad”, le dijo. Frampton admitió que la oferta venía de parte de “un boxeador extraordinario”, y acto seguido rechazó su desafío. “No trae nada de dinero a la pelea”, dijo Frampton. En junio de este año Rigondeaux enfrentó a su único retador invicto hasta ahora como lo fue Moises Flores y su bolsa fue de apenas $120.000. El año pasado ganó casi tanto como un plomero con licencia.

El sabado por la noche ganó $400.000, pero Bob Arum se aseguró de que esa cifra fuese tres veces menor que la recibida por Lomachenko.

Aún así, Rigondeaux (mal pagado, físicamente en inferioridad de condiciones, y pasado de años) ganó el primer asalto. Hizo un gran uso de su alcance, ajustó activamente su distancia para mantener a Lomachenko donde lo quería, y conectó un par de buenas izquierdas al cuerpo.

Pero se le viró la bandeja en el segundo round. Lomachenko vio todas las tácticas en las que Rigondeaux basó su ataque y las fue descartando una a una.

Lomachenko vio que las esperanzas de Rigondeaux de abrirse camino con su jab eran grandes y se encargó de neutralizar el alcance de Rigondeaux para anular ese riesgo junto con la única ventaja física que tenía el cubano. Lo hizo con facilidad, porque su jab conectó con más continuidad ante los brazos relativamente regordetes de Rigondeaux debido a que pudo conectar desde diferentes ángulos, conectar uno, dos, tres de ellos rápidamente y moverse fuera de la zona de peligro.

También transformó en una desventaja para Rigondeaux el hábito del cubano de doblarse hacia la izquierda. Lomachenko entiende cómo explotar esa posición: levantarle la cabeza con uppercuts de derecha y lloverle golpes desde el costado o desde atrás de su cabeza.

También arruinó el plan de Rigondeaux de amarrarse en el cuerpo a cuerpo. El propósito de Rigondeaux con esta táctica era el de robarse un momento de descanso y lograr reagrupar sus energías, pero para que eso funcione el réferi debía ser reclutado en calidad de asistente, un asistente que lo deje amarrar todo lo que quiera o que lo ayude a desenredarse y le permita escapar. Rigondeaux no sabía que Lomachenko ya había alertao al réferi Steve Willis en el vestuario y hasta había practicado un movimiento para contrarrestar esa costumbre. El resultado fue aparente en ese segundo round: Lomachenko, consciente de las restricciones que impondría Willis, se despegó del amarre e inmediatamente procedió a disciplinar a Rigondeaux con una derecha y una izquierda. Alarmado, Rigondeaux miró a Willis pero fue ignorado. En el siguiente amarre, Willis les dijo que lo resuelvan entre ellos y Rigondeaux lanzó claramente un codazo derecho, intentando conectar y quizás cortar a Lomachenko en el área de los ojos. Willis no lo vio, Lomachenko lo vio y sonrió con sorna. La falsa disculpa de Rigondeaux fue seguida por amarres de cuello y otra táctica ilegal: amarrar y golpear. La desesperación se estaba apoderando de él.

Rigondeaux realmente no ganó el primer round a pesar de lo que indicaron las tarjetas. Lomachenko lo perdió a propósito para medir las habilidades de Rigondeaux y calentar los motores. Fue todo lo que le hizo falta para neutralizar el jab y la ventaja de alcance del cubano, transformar su defensa de giro hacia la derecha en una desventaja para él, y resolver el tema del clinch.

Entonces, ¿qué le quedaba por hacer a Rigondeaux? Lo que todos hacemos cuando enfrentamos circunstancias desesperantes y minutos impiadosos. Recorremos el paisaje en busca de algo que nos hayamos perdido, o quizás una bala mágica. Lanzamos un par de pases desesperados a ojos cerrados y esperamos un milagro. Nos olvidamos de nuestros principios un poco más de lo usual. Rigondeaux trató en vano de encontrar un modo de cambiar su destino. Lanzó un par de derechas sobre la defensa y ganchos y uppercuts que no llegaron al objetivo o tuvieron cero efecto. Al final del quinto round, trató de amarrar el cuello de Lomachenko con un ahorcamiento. En el sexto, sus golpes apuntaban a la entrepierna y ya no escuchaba las advertencias de Willis cada vez que su verdugo se le aproximaba. Nada le funcionaba. Cuando Willis le quitó un punto por amarres excesivos, se sintió como cualquiera de nosotros cuando pisa el acelerador a fondo con la marcha atrás puesta. Sus trucos estaban causando un efecto negativo, lo cual le afloja el espíritu a cualquiera.

El sexto round no había terminado cuando Lomachenko comenzó a caminar hacia su rincón, dejando a Rigondeaux parado, esperando y preocupándose. La campana sonó, sacándolo de su sopor momentáneo y enviándolo al descanso. Se sentó, miró sus manos, y se dio cuenta de que las tenía vacías.

¿Qué podía hacer? Cuando la esperanza se ha ido y los segundos parecen horas, ¿qué hacemos? Buscamos una salida, y a veces llegamos a inmolarnos.

Rigondeaux le dijo a su entrenador que le dolía la mano izquierda y que no podía continuar. Y así nomás, un fenómeno de treinta y siete años que dio un audaz salto de dos divisiones para enfrentar al boxeador más perfecto de la actualidad, un hombre a las puertas de un último intento de llegar a la gloria, abandonó el combate en su rincón. Ya no importa si sus manos estaban quebradas, golpeadas o sin usar. En una era en la que el llorón del pueblo nunca duerme y su plataforma es el mundo entero, la decisión de Rigondeaux tendrá consecuencias muy claras. Y a pesar del heroísmo de su escape de la tiranía, del recuerdo de la familia que dejó atrás, la gloria de sus medallas doradas y su ascenso a las mayores alturas de su profesión en la tierra de la abundancia, esa decisión cavará un hueco en su mente, y lo perseguirá por el resto de su vida.

Vasyl Lomachenko apenas comenzaba a reconocer su victoria cuando alguien le puso una corona sobre la cabeza. Fue suficientemente honesto como para quitársela de una vez. Tendrá que enfrentar al segundo mejor retador de la división para ganarse esa diadema, aunque la esperanza es que pasará al peso ligero y enfrentará a los dos mejores retadores uno tras otro y terminará teniendo una campaña arrasadora como las de Durán, Whitaker, Armstrong o Canzoneri. Si la grandeza que le prometió su padre “antes de concebirlo” es su objetivo, entonces él sabrá que en el boxeo eso no se refleja en los elogios de comentaristas impresionables y no puede ser comprado tampoco con cuotas para los organismos rectores deducidas de sus ganancias. La grandeza se determina después de estudiar las acciones de un peleador, y luego de que sus aventuras son examinadas bajo la lupa de la historia comparativa, de la verdadera historia, donde esa declamación de que él ya es un “campeón mundial en dos divisiones” es descartada como una mera mentira. En lugar de eso, seguramente Lomachenko desechará todas las ofertas de pelear por títulos de papel y en su lugar perseguirá oportunidades de pelear en combates de primer nivel.

Guillermo Rigondeaux, tan sumido en la zozobra como Lomachenko lo está en el éxtasis, solo tiene ahora las sombras que lo rodean como futuros rivales. Cuando la esperanza se ha ido y los segundos parecen horas, ¿qué hacemos? Buscamos una salida, y a veces nos inmolamos. En el boxeo, ambas cosas son una, y son la misma.

Un minuto después de abandonar el ring, un mensaje apareció en la cuenta @RigoElChacal305 del cubano. “Solamente les puedo decir una cosa” dijo. “‘LO SIENTO MUCHO.”
Rigondeaux: Un minuto impiadoso – Columna de Springs Toledo

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