Mayweather k28042015 c6d1aPoderoso caballero es don Dinero –resumió en una frase cargada de ironía, hace cuatro siglos, el gran Francisco Quevedo. El mordaz escritor español ha sido solo uno entre los tantos que han dedicado una oda sarcástica a la autoridad que supone haber amasado una buena fortuna y el desvelo que cosecharla conlleva.

El dinero contado por millones (sobre todo en tiempos de galopante inflación) será un tema que nunca pasará de moda. Que no compra la felicidad ni el amor ni la salud ni todo lo demás: eso ya se sabe. Pero su limitado valor no impedirá que retomemos a ratos, con desmedido entusiasmo, el tema de la última extravagancia de aquel multimillonario o la inevitable bancarrota de aquel otro ex acaudalado mortal.

Dediquemos entonces unas líneas a hablar de dinero y, como estamos en Zona de Boxeo, por obligación toca referirse al don Money por excelencia del deporte de los puños, Floyd Mayweather Jr.

El próximo 2 de mayo, en el MGM Grand de Las Vegas, el número uno del pugilismo profesional en el escalafón libra por libra afrontará el reto más exigente de su carrera, el choque que incontables medios de comunicación se han adelantado en bautizar como la Pelea del siglo. Su oponente no necesita presentación: Manny “Pacman” Pacquiao lleva más de una década escribiendo su propia leyenda dentro de los ensogados.

Mucho tiempo y espacio se ha invertido en los medios audiovisuales en el análisis de este encontronazo de titanes, que se cansó de coquetear con la realidad por más de un lustro y, sorpresivamente y para bien del boxeo, es ya un hecho a pocos días de consumarse. Tanto o más se ha debatido públicamente sobre las posibles ganancias que aterrizarán en las arcas del filipino y el estadounidense, con algunos estimados rondando los 300 millones de dólares (para ser repartidos 60-40% en favor del norteamericano).

La mayoría de las predicciones coincide en que Mayweather Jr. se llevará a casa una remuneración superior al centenar de millones y pasará a la historia como el primer púgil que se embolsa una cifra semejante –y absurda- por un máximo de 12 asaltos de 3 minutos. Toda una ironía, considerando que años atrás, en medio de las incontables negociaciones o amagos infructuosos entre ambas partes, Bob Arum, apoderado de Manny y presidente de Top Rank Promotions, desestimó la posibilidad de enfrentar a su astro con Floyd por la irracional demanda monetaria del norteño para animarse a rubricar el contrato. Cien millones de billetes verdes con la imagen de George Washington quería Money en aquel entonces, además de escenificar la refriega en un ring de Sudáfrica: con mucho más de 100 millones se contentará esta vez sin apenas salir de su adoptiva Ciudad del Pecado.

Será un salario que convertirá al púgil oriundo de la ciudad de Grand Rapids, por cuarto año consecutivo, en el atleta profesional mejor pagado de este planeta. Bastará esta única reyerta (sin contar la de septiembre) para encabezar una lista en la que lo han escoltado desde 2012, con ligeros cambios en el orden, una misma relación de sospechoso habituales: los basquetbolistas LeBron James y Kobe Bryant, los futbolistas Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, los golfistas Tiger Woods y Phil Mickelson, y los tenistas Roger Federer y Rafael Nadal.

Una sola noche de 2015 colocará a Floyd nuevamente en la cúspide de esta relación de atletas millonarios que se han beneficiado como pocos de la explosión de los contratos televisivos y los estratosféricos convenios con patrocinadores de todos los continentes. La globalización en la era.com ha acelerado la conversión de los héroes regionales en universales, de los deportistas de primer nivel en figuras casi mitológicas que traspasan las fronteras de sus respectivas disciplinas para transformarse en marcas registradas a nivel global.

El campeón mundial en cinco divisiones del pugilismo rentado (superpluma, ligero, superligero, welter y superwelter), inscribirá su nombre por segundo calendario consecutivo en el Club de los 100 millones. Solo Tiger Woods había podido ganar en un solo almanaque una suma tan brutal, antes de sus deslices conyugales. La nómina de ingresos de Woods incluía los premios en metálico por sus triunfos en los campos de golf, pero realmente se inflaba con sus jugosos acuerdos de patrocinio con firmas como Nike, TAG Heuer, Electronic Arts, Gillette, entre otras, que ascendían a un 90 % de su ganancia anual.

Lo increíble o meritorio (si así se le pudiera llamar) en el caso Floyd es el hecho de embolsarse tamaña cifra dependiendo casi única y exclusivamente de su par de peleas anuales. A diferencia de Woods, James, Messi, Federer, Nadal y compañía (no así Ronaldo y Kobe), quienes ganan mucho más fuera de sus escenarios competitivos, el boxeador estadounidense se beneficia en una proporción marginal de los vínculos contractuales con las grandes marcas que copan la industria deportiva.

Sin embargo, no hay razón para quejarse, aunque Mayweather Jr. lo haya hecho en varias ocasiones, sobre todo tomando como blanco el poco apoyo que le brindan muchos aficionados estadounidenses. Precisamente esa falta de amor que le profesan sus compatriotas y los aficionados foráneos en general, que ven sus peleas con la esperanza de presenciar su debacle, es un arma de doble filo que juega a su favor y lo ha convertido en un éxito comercial, el villano por antonomasia de su época.

La antipatía que despierta su personalidad egocéntrica, sus escándalos de violencia doméstica y -entre no pocos- su estilo boxístico basado en el arte de la defensa, ese rechazo que invita a cerrar filas con su rival de turno es el mismo que se traduce luego en su salario millonario por cada función, en el haberse transformado, tras el retiro de Oscar de La Hoya, en el indiscutible rey del sistema de pago por evento (Pay Per View). Alrededor de 860 millones de dólares han recaudado sus combates por concepto de Pay Per View y, consecuentemente, Floyd ha recolectado unos 420 millones en la difícil profesión de intercambiar golpes a lo largo de su carrera, sin sumar todavía los que le reporte el duelo de este 2 de mayo.

Casi dos décadas han pasado desde que eligiera el boxeo como empleo a tiempo completo, siguiendo la tradición familiar que iniciaran su padre Floyd Sr y sus tíos, Jeff y Roger. Veinte años en los que el prodigio de Gran Rapids aprendió a dominar con solvencia a renombrados contrincantes, al tiempo que cursaba un magisterio en el arte de gastar sin reparos, hasta convertirse fuera del ring en el campeón del derroche y las extravagancias.

Money tiene, en el presente, tanto dinero que el común de sus semejantes no sabría en qué emplearlo en varios siglos de existencia. Sin embargo, el vigente monarca mundial welter y superwelter sabe como ninguno la manera de dilapidarlo hasta el último centavo. No en balde alardea con su flotilla de incontables coches de lujo (más de un Ferrari, Bentley, Mercedes Benz, McLaren, Lamborghini, Rolls-Royce, Maybach, Bugatti, etc.) que nunca ha conducido y atesora como trofeos de caza. Joyas, relojes, yates, aviones privados y mansiones, más todo su séquito de guardaespaldas, pseudoamigos y aduladores conllevan un extraordinario gasto cotidiano que solo boxeando puede asumir.

El astro de Michigan asegura que tiene garantizado su futuro, que el patrimonio de unos 280 millones de dólares que se calcula posee actualmente, está bien resguardado e invertido. Pero el pasado lo contradice: sus litigios con el Servicio de Impuesto Internos (la agencia federal estadounidense a cargo de la recaudación fiscal y el cumplimiento de las leyes tributarias) por las deudas contraídas, las demandas judiciales por maltratar físicamente a sus mujeres (esposas, exesposas, novias y exnovias), su afición por las apuestas y el vicio de comprar los modelos más selectos de automóviles forman parte de una tendencia inherente a su persona que, tarde o temprano, lo empujará al abismo.

Mayweather cerrará en 2015 un cuatrienio en el que ha sido, ininterrumpidamente, el deportista profesional mejor pagado del globo terráqueo. Culminará en septiembre su contrato con Showtime (de 30 meses y 6 peleas por unos 200 millones de dólares) e insinuará que cuelga los guantes, que ya basta de dar y recibir golpes, que a sus 38 años está listo para comenzar un nuevo capítulo en su vida fuera de los cuadriláteros. Pero no será ese el final de Floyd el boxeador. Como tantas otras figuras emblemáticas de este deporte, presionado por las deudas, al borde de la ruina económica, irá por una galopada más, por un último cheque millonario.

Lo hicieron Louis, Ali, Leonard, Holmes, Holyfield y otros muchos, tentados por la posibilidad de llevarse una suculenta bolsa antes de que se esfumaran del todo las fuerzas y el talento. Ojalá me equivoque, porque sin contarme entre sus más fervientes fanáticos no puedo dejar de reconocer su maestría boxística y lo mucho que su paso por el pugilismo ha significado para este deporte. No quisiera que su legado también incluyera la confirmación de que los millones en manos de atletas terminan escurriéndose como puñado de arena fina, que la trágica bancarrota es un final ineludible para la casi totalidad de estos demasiado jóvenes para ser millonarios.

Pero no hay que ser adivino para divisar ese desenlace unos años después del retiro de Money, cuando desaparezca su fuente regular de ingresos, comiencen a acumularse las deudas y a marchitarse sus condominios, e intente apuntalar un estilo de vida que es insostenible con una pelea más.

Ya lo vaticinó su padre, Floyd Mayweather Sr., que lo conocerá mejor que muchos: “Subrayen mis palabras, un día él (Floyd Jr.) estará vagando por las calles de Grand Rapids, arruinado.”

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