Evander, Roy y Floyd: el sueño frustrado -Los promotores y mánagers de boxeo profesional saben mejor que la mayoría de sus congéneres cuánto brilla una medalla de oro olímpica. Es el impulso inicial más efectivo que se puede imprimir a la carrera de un púgil que recién abandona las filas amateurs para probar suerte como atleta asalariado y hacer de esta su única profesión.

El metal dorado en unos Juegos Olímpicos más una buena dosis de talento y carisma convirtieron a gran velocidad en estrellas mediáticas a púgiles rentados como Mohamed Ali (llamado Cassius Clay cuando escaló a lo más alto del podio en Roma 1960), George Foreman (México 1968), Sugar Ray Leonard (Montreal 1976) y Oscar de La Hoya (Barcelona 1992), por solo citar a algunos –coincidentemente, todos estadounidenses– de los que pudieron repetir su éxito de la máxima reunión deportiva de los aficionados en la mucho más exigente arena profesional.

Pero otros de sus coterráneos, también súper estrellas en el boxeo de paga, no corrieron con igual suerte en las justas cuatrienales. Antes de ganar millones de dólares por sus peleas y el reconocimiento de los hinchas de todo el mundo, Evander Holyfield, Roy Jones Jr. y Floyd Mayweather Jr. fueron víctimas de polémicas decisiones arbitrales que los privaron de vivir la experiencia única de escalar a lo más alto del podio olímpico.

Roy Jones Jr. y el robo más escandaloso en la historia del boxeo olímpico

Si Holyfield se sintió despojado de un reconocimiento que parecía pertenecerle, ¿qué decir, una olimpiada más tarde, de lo ocurrido con Roy Jones Jr.? Con sólo 19 años y luciendo una extraordinaria velocidad de manos y piernas, el prodigio de Pensacola se abrió paso hasta la discusión del oro en la ya desaparecida división ligero-mediana (71 kg) en los Juegos Olímpicos Seúl 1988.

Jones debutó en el Gimnasio de los Estudiantes Chamshil de la capital surcoreana (en segunda ronda, pues se le concedió una exención en primera) con un fulminante nocaut, en el primer round, a expensas del malauí M´tendere Makalamba.

Sus dos compromisos siguientes los solventó con sendos veredictos por decisión unánime (5-0) frente al checoslovaco Michal Franek y el ruso Yevgeni Zaytsev, por ese orden. Y en semifinales, Roy volvió a dominar con amplitud a su rival de turno, el británico Richard Woodhall, y mereció una vez más el favor de los cinco jueces actuantes.

Lo ocurrido en la final frente al favorito local Park Si-Hun pasaría a la historia del olimpismo como uno de los capítulos más vergonzosos, no solo del boxeo, sino de todos los deportes que han incursionado en el programa competitivo de las citas estivales.

Jones le propinó una soberana paliza al asiático sin necesidad de subir la guardia en la mayor parte de la reyerta. El estadounidense aterrizó 86 golpes, por sólo 32 de su contrincante, y le recetó además par de conteos de protección (en pie), como para no dejar lugar a las dudas.

La aplastante diferencia en la efectividad del golpeo por fracción, 20-3, 30-15 y 36-14, también es una prueba fehaciente de que el repaso que impartió el norteño al anfitrión no se concentró en un solo round sino que se extendió hasta el campanazo final.

Tres de los encargados de impartir justicia no lo consideraron así: el ugandés Bob Kasule, el uruguayo Alberto Durán y el marroquí Hiouad Larbi dieron su voto a Park en una decisión casi criminal (3-2: el juez soviético y el húngaro se inclinaron por Jones).

En una entrevista para Sports Illustrated, Larbi alegó en relación con aquel horroroso veredicto: “El estadounidense ganó fácilmente; de hecho, lo hizo con tanta amplitud que yo estaba seguro de que mis cuatro colegas votarían por el boxeador de Estados Unidos por un amplio margen. Entonces decidí votar por el surcoreano para que la puntuación quedase 4-1 en favor del americano y la nación anfitriona no sufriese una humillación”.

Park Si-Hun reconocería personalmente ante Roy que no había ganado el combate, e incluso se disculparía por un error atroz del que no fue responsable. La AIBA entregaría al estadounidense el Trofeo Val Barker al mejor púgil del torneo sin distinción de peso, y sería la última vez en estos eventos cuatrienales que se emplearía este sistema de votación (en los posteriores se utilizaría el no menos imperfecto conteo electrónico de los golpes efectivos); pero ya no había manera de maquillar el escándalo.

Al mejor boxeador libra por libra en todos los ránkings de la segunda mitad de la década del 90 del pasado siglo, con cetros mundiales en cuatro divisiones (mediano, supermediano, semipesado y pesado), se le preguntó en 2003, a raíz de su triunfo frente a John Ruiz, cuál era hasta esa fecha la pelea más importante de su vida.

Y cuando muchos esperaban que confesase que la más reciente, la que lo había convertido en el único hombre, en 106 años, capaz de reinar primero en la categoría de las 160 libras y luego imponer su ley en la de las más de 200 (al vencer a Ruiz se convirtió en campeón semipesado y pesado simultáneamente), Jones (45-9, 45 KOs, en la actualidad) sorprendió a los presentes con su respuesta: “La final olímpica del peso ligero-mediano en Seúl 1988, frente al surcoreano Park Si-Hun, fue la chispa que prendió la llama”.

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